Animado por esta entrada de Antonio Villarreal, a quien no tengo el placer de conocer pero cuya historia me llegó a través de mi amigo y ex compañero Antonio Martín, he decidido escribir algunos de mis recuerdos de cuando empecé a convertirme en periodista. Esta es la primera entrega, porque creo que todo en una misma entrada va a ser demasiado.

Recuerdo que llegué a la redacción de El Adelanto de Salamanca -es una lástima no poder enlazar su página web- un 2 de julio de 2007, lunes, es decir, en el verano que era la antesala del último curso de la carrera. Fue el primer año que no me fui todas las vacaciones a mi ciudad, aunque tampoco me importaba mucho, tenía ganas de empezar a saber de qué iba aquello a lo que me quería dedicar toda la vida. La Facultad no me parecía estimulante en absoluto y ya llevaba cuatro años sentado en una silla escuchando lecciones sobre cómo debía ser estudiado y analizado el Periodismo pero, salvo contadas excepciones, nadie me enseñó nada acerca de cómo trabaja un periodista. Confiaba, por lo tanto, en que ese primer contacto con un lugar de trabajo pudiera saciar mis ganas de contar cosas. Y vaya si lo hizo.

El Adelanto

La entrada del periódico por Gran Vía

 

Llegar como becario a un periódico en pleno verano es algo curioso. La oficina está semivacía, no sabes muy bien qué tienes que hacer o a quién preguntarle cosas. Ni siquiera sabes qué cosas tienes que preguntar, así que te sientas delante de un ordenador y simulas que estás haciendo algo importante y vital para el futuro de tu nueva empresa hasta que alguien de la sección te encargue algo, quizás más con la intención de quitarte del medio durante un rato que de que te ocupes de una tarea necesaria. En mi caso, la única persona que había ese día, mi primer día, era mi entonces compañero y ahora gran amigo Roberto Fernández, que estaba liado al teléfono cuando el redactor jefe me llevó hasta él y me sentó a su lado, y así, liado al teléfono, permaneció otros veinte minutos, mientras yo navegaba por internet a su lado, en silencio y esperando poder presentarme cuando terminara su llamada. Sin embargo, su primera interacción conmigo no tuvo que esperar a que colgara. En una de las páginas que estaba yo mirando distraídamente apareció la foto de una joven con escasa vestimenta y grandes atributos -no lo estaba buscando, pero apareció-, y Roberto, a quien yo creía enfrascado en su conversación, me propinó unos nerviosos golpes en el brazo mientras señalaba la pantalla y hacía gestos de admiración. Todo esto sin colgar el teléfono ni cambiar el tono de su conversación con don Hortensio, don Primi, el coordinador del Cross del Chorizo o la Clásica de las Chuletas o alguno de sus múltiples contactos que parecían sacados de un jodido tebeo de Mortadelo y Filemón y que tantas risas nos han hecho pasar, en ocasiones carcajadas de reír hasta llorar. Al terminar la llamada se presentó y me encargó que rellenara un breve para alguna página de información polideportiva. No recuerdo de qué trataba, pero sí que tardé mucho, mucho tiempo en hacerlo y seguramente él tendría que cambiarlo de arriba a abajo después. Pero no pasa nada. Ya había sentido la enorme emoción de que al día siguiente en los quioscos de la ciudad hubiera un texto redactado -o casi- por mí.

Lo que todos, y hablo en plural sin miedo a equivocarme, nos hemos reído con Roberto en el periódico no está escrito. Fue un compañero divertido y cercano, del que aprendí muchísimo y que supo transmitirme su pasión por los deportes minoritarios, el ciclismo, el atletismo, el fútbol modesto y muchos otros, y una filosofía de vida con la que en ocasiones podía estar más o menos de acuerdo pero que siempre me hacía pensar y reír. Es además con el más contacto mantengo, aunque sea mínimo, y también el compañero de deportes que más suelo ver cuando voy a Salamanca. La última vez fue realmente divertido y espero repetir pronto, que ya hace mucho de la última visita.

Días de hornazo y vino

Días de hornazo y vino

Volviendo a mi primer verano en El Adelanto, los sucesivos días fueron más o menos iguales. El verano en una redacción de deportes local es básicamente periodismo de interiores. Los equipos de la ciudad están de vacaciones, y sí, puede haber Mundial, Eurocopa o las giras de los equipos de Primera División, pero ya antes de empezar a trabajar sospechaba que el Adelanto de Salamanca no me iba a a mandar a cubrir los Juegos Olímpicos en otro continente. En esos días descubrí que el periodista deportivo trabaja a deshora y a desdía. Puede que se entre un poco más tarde a trabajar, pero se sale mucho más tarde y los fines de semana son maratones. Tampoco me importaba. Fue entonces cuando se fue formando en mí el concepto de que una redacción de deportes va un poco por libre y adquirí la bonita idea de que están todos en el mismo barco, echando doce o catorce horas muchos domingos, saliendo no antes de las doce de la noche ningún día y, en definitiva, viéndote las caras con tus compañeros más que con cualquier otra persona. En mi caso no me importaba tampoco mucho, porque yo todo lo que tenía que hacer fuera de allí era estar en casa delante del ordenador o de copas en las veraniegas terrazas salmantinas -que seguirían estando ahí cuando yo saliera-, pero admiraba a los compañeros que trabajaban horas y horas y horas con sus esposas en casa, sus hijos cenados y acostados y aún así obligándose a crear un buen ambiente y estar currando con buena cara.

 

Poco después de haber empezado a trabajar se incorporó el que era el jefe de la sección, que luego descubrí que ya no iba a ser jefe de la sección cuando se incorporara el que iba a ser el nuevo jefe de la sección. Me pregunto qué habrá sido del bueno de Iván del Olmo. La cuestión es que cuando llegó el que fue mi primer jefe nadie me dijo que había habido un cambio de roles, de manera que yo le seguía entregando mis textos al que había sido degradado de puesto, como venía haciendo todo el verano. Las primeras veces se los leía y simulaba algo de interés, pero a medida que pasaban los días yo le iba viendo cada vez más hasta los cojones, hasta que por fin un día se atrevió a decirme: “Marcos, majo, dale la hoja a Juanjo, que esto ya lo lleva él ahora”. Juanjo González fue a efectos prácticos mi primer jefe; si bien no era él quien estaba al cargo cuando yo llegué allí, sí que era el que estaba al mando cuando yo empecé a enterarme de cómo funcionaba el trabajo. Quizás él no tiene la misma idea que yo sobre esto, pero siempre me gustó -y me gusta- considerarlo mi primer valedor. Fue él quien me propuso extender mis prácticas como becario cuando terminó el verano, dándome facilidades de compaginación con las clases que en mucho casos desestimé porque creía más valioso para mí ir a la redacción que a la Facultad (y no me arrepiento), y fue él quien pidió a la dirección del periódico que formalizaran mi contrato como redactor -yo entonces cobraba 200 euros al mes y echaba las mismas horas que los redactores- en una época en la que pocos contratos se firmaban ya, y ese voto de confianza es algo que no he olvidado y que le agradeceré eternamente. Fue además dándome cancha progresivamente, llévandome a los partidos de la UD Salamanca y el CB Avenida, primero para ayudarle y después mandándome a mí solo, y dejándome cada vez mayores parcelas de responsabilidad hasta el punto de, en más de una ocasión, levantar páginas que ya estaban terminadas o incluso cerradas para meter a las nueve o diez de la noche un tema propio que yo pensaba que tenía relevancia sin ni siquiera preguntarme de qué iba, teniendo una fe ciega que todavía hoy me sorprende y me hace recordarle con cariño.

Sé que las cosas han ido por derroteros insospechados para todos, y sinceramente me alegro de no haber vivido los últimos estertores del Adelanto de Salamanca, porque la imagen que guardo de aquella redacción de deportes es idílica. Se puede resumir en que trabajábamos mucho, pero nos divertíamos -al menos yo- todavía más. Luego todo se fue a la mierda por razones ajenas a nuestra voluntad.

Para cerrar esta primera entrada -habrá muchas más, seguro, porque me apetece hablar de más compañeros y anécdotas- pongo esta foto de hace siete años en la que sale la redacción de deportes de entonces. Bonito recuerdo.

FOTO: ALEMDIA

FOTO: ALEMDIA