No es la primera vez ni será la última que hablo aquí del Club de Periodistas Gallegos en Madrid. Las reuniones mensuales que tenemos en el Hotel Preciados, donde nos reunimos para comer y para mantener un coloquio con algún invitado gallego que es un personaje relevante del momento son una verdadera clase de periodismo, casi siempre mucho más valiosas e instructivas que las que recibí en la facultad.

En esta ocasión recibimos la visita del lucense Darío Villanueva, recientemente nombrado director de la Real Academia Española. Lo que más me gusta de estas reuniones, aparte de la comida en sí -gallega en calidad y en cantidad- es que el invitado suele soltarse y hablar de temas que no trataría de ninguna manera en una entrevista formal, a pesar de que se sabe rodeado de periodistas. Es otra manera de conocer a los protagonistas y llegar a tener un trato más cercano con ellos.

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Foto: @Lalinpress

 

Otro de los enormes placeres de estas reuniones son las charlas de después, una vez que el invitado ya se ha marchado. Al terminar solemos quedarnos un rato hablando acerca de nuestra profesión, los duros momentos que atraviesa -es cierto, los periodistas no sabemos hablar de otra cosa cuando estamos entre nosotros-, y es entonces cuando puedo empaparme de las historias que los socios más veteranos, aquellos que ya estaban ejerciendo la profesión en Madrid muchos años antes de que yo naciera, tienen a bien contarme. Debo decir que la mayor parte del tiempo la paso escuchando, lógicamente, aunque va en su carácter profesional preguntarme acerca de aspectos actuales de la profesión, y de esa manera podemos contrastar cómo nuestra labor ha cambiado radicalmente en tan sólo veinte o treinta años.

Foto: @Lalinpress

 

Por ejemplo, el hecho de que yo pudiera estar retransmitiendo en directo el encuentro con el director de la RAE a través de la cuenta del club parece impensable cuando la cobertura de la boda del príncipe Carlos y Lady Di, tal y como me decía un socio que en aquella época dirigía una agencia de comunicación, se realizó enviando allí a tres personas, una de las cuales se dedicaba únicamente a desplazarse en moto desde el lugar de la acción hasta el aeropuerto para llevar un sobre con las fotos y los textos, colocárselo allí a algún pasajero que fuera a viajar a Madrid (imposible hoy en día sólo por las medidas de seguridad), donde alguien lo recogería en Barajas para llevarlo a la redacción. Y así todo el día. La capacidad de organización teniendo en cuenta los medios que había me parece asombrosa. Pienso que quizás la automatización e inmediatez de los procesos nos ha permitido simplificar nuestro trabajo, pero también ha hecho perder el romanticismo de la profesión, ¿o no?