Recupero hoy este texto que escribí hace casi tres años para un portal digital y que sin duda creo que es una historia que serviría para una película. Se trata de la corta pero intensa vida del pontevedrés Benito Soto, considerado el último pirata europeo.

 

Hoy en día, la piratería que se desarrolló en las costas europeas y sobre todo en los mares del Caribe es vista con un halo de heroicidad y aventura, principalmente por la influencia de la literatura primero y del cine después, y es por ello que personajes como Benito Soto son enmarcados dentro de esa corriente romántica cuando lo cierto es que su crueldad y acciones sanguinarias serían hoy en día altamente criticadas y castigadas. A la elección de cada uno queda pensar en estos protagonistas de la historia como héroes románticos o villanos censurables.

La única idea que podemos hacernos en la actualidad del aspecto real de Benito Soto es una litografía que la corona británica realizó en Gibraltar cuando fue capturado y ejecutado, ya que no hay retratos anteriores suyos, o por el momento no se han encontrado.

Benito Soto

Soto Aboal nació el 22 de marzo de 1805 en Pontevedra, por aquellas una ciudad que había entrado en una larga decadencia después de ser una de las villas marineras más pujantes de Galicia y el norte de Portugal. Fue traído al mundo, como si de una premonición se tratase, en el barrio de A Moureira, el barrio marinero de la ciudad que hoy en día sigue guardando cierto encanto de aquella época aunque la actividad es prácticamente nula.

Fotografías antiguas del barrio de A Moureira:

Moureira 1

Moureira 2

A Moureira en la actualidad:

Moureira actualidad

Las condiciones de vida no hacían presagiar un futuro boyante en casa de los Soto Aboal, por lo que a la tierna edad de diecisiete años (con más de la mitad de su vida ya vivida, aunque no lo sabía entonces) Benito Soto decidió enrolarse en el bergantín de bandera brasileña El Defensor de Pedro.

Defensor de Pedro
(Esta nave no es el auténtico Defensor de Pedro, pero por lo que ha trascendido de su fisonomía podría haber sido muy similar; un bergantín de siete cañones)

Habiendo llegado a su puerto hogar en Río de Janerio tras haber salido de las costas españolas, y después de partir nuevamente, en esta ocasión al continente africano, Benito Soto lideró en 1823, para celebrar su mayoría de edad, un botín que dio como resultado con el abandono del capitán del barco en África junto con aquellos que quisieron permanecer fieles a él y acto seguido, convirtiéndose en el joven capitán del navío pirata, se lanzó a surcar los mares en busca de víctimas, y fue a partir de aquí cuando se ensañó especialmente con los barcos de bandera inglesa.

El primer barco que tuvo la mala fortuna de cruzarse con El Defensor de Pedro fue la fragata mercante británica Morning Star, que podría parecerse a esta nave:

Morning Star

Desvalijó por completo el Morning Star, comenzando a reunir su particular tesoro, y no tuvo miramientos a la hora de asesinar a la mayor parte de la tripulación.

Decidió entonces poner rumbo al norte, hacia las Islas Azores, pertenecientes a Portugal. Era común que por entonces sirvieran como punto de tránsito obligado para todas las travesías trasatlánticas. Su segundo objetivo fue otra fragata mercante, en esta ocasión de bandera norteamericana. Se trataba del Topacio, que regresaba a casa procedente de Calculta con un importante cargamento en sus bodegas. El proceso fue el habitual: entrar, saquear, ejecutar a la tripulación, quemar el barco, y marcharse a todo trapo.

Con una pequeña fortuna personal en el bolsillo, el siguiente destino fue Cabo Verde, que era adonde se dirigían Benito Soto y sus hombres cuando se cruzó en su camino otra nave inglesa, de la que no se conoce hoy en día su nombre, y solo ocho días después, cerca de las Islas Canarias, volvió a dar buena cuenta de los británicos de la fragata Sunbury, que fue, cómo no, asaltada y hundida, previa ejecución de sus tripulantes.

Fue entonces momento de regresar al norte, de nuevo hacia las Azores, donde El Defensor de Pedro abordó los barcos portugueses Cessnock y otro que procedía de Brasil cuyo nombre se desconoce, y, por no perder la costumbre, volvió a asaltar un británico: New Prospect. Sobre estos abordajes ha trascendido que fueron más sanguinarios de lo habitual, especialmente en el caso del New Prospect, cuya tripulación sufrió la crueldad extrema de Soto y de su segundo hombre a bordo, Víctor Barbazán, marinero francés rebautizado por Soto con un nombre más galaico.

Con las bodegas llenas a rebosar de mercancía, el Defensor de Pedro puso rumbo a A Coruña, no sin antes deshacerse de tres de sus hombres por el camino por considerarlos poco leales. Cuando llegaron al puerto gallego, uno de los piratas de la tripulación se hizo pasar por el legítimo capitán del Defensor de Pedro para vender la mercancía y seguir acumulando una pequeña fortuna.

El final estaba cerca.

Tras tomar un pequeño receso en casa después de una agotadora ronda de abordajes (y según cuenta la leyenda, aprovechando para esconder parte de su tesoro en Pontevedra), el barco pirata, ya rebautizado como Burla Negra

Burla Negra

navega hasta las costas de Cádiz, donde el plan era deshacerse del barco y dedicarse a disfrutar, siendo muy jóvenes, de una vida de lujo con las ganancias. Sin embargo, la mala suerte quiso cebarse con el pontevedrés y su tripulación en el último momento. El vigía confundió el faro de la La Isla de León con el de Tarifa, por lo que terminaron encallando en los arenales a muy poca distancia de Cádiz. Reinó una importante confusión en los primeros momentos, pero tras ser descubiertos, diez miembros de la tripulación fueron ahorcados en la capital gaditana.

Travesía
(Travesía del Defensor de Pedro / Burla Negra desde que partió de Río de Janeiro hasta que encalló en Cádiz)

Por su parte, Benito Soto logra escapar a Gibraltar, aunque es finalmente apresado por los ingleses (que le tenían pocas ganas, seguro) y es condenado a morir en la horca acusado de: setenta y cinco asesinatos u órdenes de asesinato comprobados y diez embarcaciones saqueadas y/o hundidas.

La mañana del 25 de enero de 1830, bajo una fina lluvia en la colonia británica, moría Benito Soto Aboal a la edad de veinticuatro años y diez meses. Moría con él una época que duró varios siglos y en la que España, Inglaterra, Portugal y, en menor medida, Francia y Holanda, se valieron de todas las armas posibles para dominar los mares y las rutas de comercio con el nuevo mundo.

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Esta es la historia real y constatada de Benito Soto Aboal, aunque lógicamente hay a su alrededor mucha leyenda que no he considerado serio mezclar.

Una de ellas asegura que Soto, cuando regresó a su ciudad natal antes de iniciar su último viaje, escondió parte de su tesoro en un edificio de la zona monumental (no tan monumental por entonces); y numerosos han sido los expertos e historiadores que se han interesado en buscar dicho tesoro, habiendo conseguido más bien poco hasta el momento. Lo único que parece claro después de los estudios, es que, de existir, ese alijo estaría oculto en los bajos del edificio que hoy es La Casa del Pitillo, recientemente reformada y situada enfrente del Teatro Principal y el Liceo Casino.

Una foto de hace muchos años (en la que aparecen miembros de la peña Pitillo, que siguió al Pontevedra CF durante vairas temporadas del Hai Que Roelo, pero esa es otra historia que tendrá cabida en este blog muchas veces):

Peña Pitillo

Una foto más actual:

Casa del Pitillo

También la mayoría de expertos dan por sentado que la famosa Canción del Pirata de José de Espronceda, contemporáneo de Benito Soto (aunque por fortuna para él murió muchos años después) está dedicada al pontevedrés, por quien dicen que Espronceda siempre se interesó a raíz de ese halo romántico que rodeaba a la piratería.

Otro dato curioso es la existencia de un grupo de rock de Ávila llamado Benito Soto. Aquí se puede escuchar la canción y consultar la letra.

Curiosamente, también en Ávila existe una orquesta llamada La Burla Negra en honor al renombrado navío de Benito Soto.

Lectura recomendada:

El autor pontevedrés Alberto Fortes publicó en 1992 el libro “Amargas han sido las horas”, una entretenida novela contada en forma de documento histórico que relata un hipotético encuentro de Edgar Allan Poe con el pirata, que le hace prisionero y le lleva hasta Pontevedra, donde surge una extraña relación entre ambos. En el libro, un historiador de la época actual encuentra una inédita novela de Poe que cuenta este encuentro y entonces decide investigar in situ si pudo ser verdad.

Amargas han sido las horas